Abstract
Una palabra aromática es claramente una sinestesia –fusión sonora y olfativa– pero también una apreciación perspectivista. Una palabra fragante que, en lugar de escucharse, se percibe por el olfato, implica de alguna manera un punto de vista diferente del ordinario: alguien para quien los rezos resultan aromáticos. El hecho de que una sinestesia sea el título de un libro de cantos podría llevarnos a pensar en una bella figura retórica como las empleadas por la lírica occidental (como en el simbolismo de Rubén Darío y sus “dulces azules” o los “melodiosos oros” de Juan Ramón Jiménez). Pero la obra de Pitarch nos interpela con la pregunta: ¿Y si la poesía del lenguaje fuese estrictamente “real”? ¿Es el “lenguaje poético” un modo de captar y vivir la realidad en otras coordenadas humanas? Más allá de placer estético o juego formal, como en Occidente, ¿sería el arte poético un reflejo de la realidad-real –colectiva, ceremonial o cotidiana– para alguna cultura? A diferencia de la lírica de tradición europea, la poesía “cantada” tzeltal no es metafórica, ni esteticista, ni simbolista, sino pragmática: es utilitaria y tiene una finalidad prosaica consistente en recuperar la salud del paciente durante las sesiones chamánicas. Estamos ante una reflexión acerca del estatus ontológico de la poesía.
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